Delicias castellanas

Xuan Xosé Sánchez Vicente

La Nueva España, 31/05/2003

Las palabras del Rey en la entrega del Cervantes, afirmando que el castellano nunca había sido lengua de imposición, y las posteriores de la ministra Pilar del Castillo, a El País, reiterando la misma idea, han tenido la virtud de despertarnos la memoria histórica a los demócratas y nacionalistas, porque a los demócratas centralistas no les ha provocado recuerdo alguno. Hemos apuntado recientemente[1] cómo el castellano ha venido actuando en Asturies a modo de instrumento de dominio de clase social y cómo, igualmente, la escuela ha sido un artefacto de persecución del asturiano, en beneficio tanto de una determinada idea uniformista de España cuanto de una concreta estructura social.

 Pero, al margen ya de esta continua maquinaria, el castellano ha tenido también la legislación y otras instituciones como mecanismo de arrasamiento o marginalización de otras lenguas, entre ellas la nuestra. Convendría repasarlo.

En la Gaceta del 19 de septiembre de 1923, Manuel Primo de Rivera y Orbaneja firmaba un decreto que, amén de otras cosas, manifestaba: “en los actos oficiales de carácter nacional o internacional no podrá usarse por las personas investidas de autoridad otro idioma que el castellano, que es el oficial del Estado español” y que las corporaciones de carácter local o regional están “obligadas a llevar en castellano los libros oficiales de registros, actas, aun en los casos de que los avisos y comunicaciones no dirigidas a las Autoridades se hayan redactado en lengua regional”. La Gaceta del 9 de junio de 1930 anula la anterior disposición, pero reitera que las corporaciones antedichas “llevarán los libros oficiales de registros y actas en castellano y emplearán este idioma en todas las comunicaciones oficiales”.

La siguiente dictadura, la franquista, toma diversas medidas uniformadoras a favor del castellano. Algunas perlas: La Orden del 20 de mayo de 1940 prohíbe la inclusión en el Registro de la Propiedad Industrial de “razones sociales, títulos o denominaciones constituidas por palabras extranjeras o pertenecientes a dialectos del idioma castellano, que están en pugna con el sentimiento nacional y españolista proclamado por el Nuevo estado y que debe ser expresión y norma de conducta de todos los buenos españoles” (es esta voluntad, por cierto, la que se lleva por delante el nombre de “Sporting” para el team xixonés). La Orden de 18 de mayo de 1938 prohíbe los nombres en lengua no castellana, los que no estén en el santoral y los extranjeros. Y dice cosas como esta: “Debe señalarse también como anomalías registrales la morbosa exaltación en algunas provincias del sentimiento regionalista, que llevó a determinados registros buen número de nombres que no solamente están expresados en idioma distinto al oficial, castellano, sino que entrañan una significación contraria a la unidad de la Patria”, y “La España de Franco no puede tolerar agresiones contra la unidad de su idioma”. Y el 21 de mayo de 1938, en relación con las cooperativas, el Ministerio de Organización y Acción Sindical publica una orden en la que expresa que “Queda terminantemente prohibido el uso de otro idioma que no sea el castellano en los títulos, razones  sociales, Estatutos o Reglamentos y en la convocatoria y celebración de Asambleas o Juntas de las entidades que dependan de este Ministerio”. Y una orden del 9 de abril de 1939 lleva el celo a manifestar que “queda prohibido el empleo de idiomas distintos del español para la nomenclatura de los hospedajes en España”. Orden del 4 de agosto de 1939: “Se prohíbe el uso de dialectos y de idiomas distintos del castellano” (Y si ustedes tienen dudas de la significación de “lengua” y “dialecto”, los fascistas no la tenían. Así decían las profesoras en Cataluña a los niños que hablaban en catalán: “Habla en cristiano, niña: eso ni siquiera es un dialecto”; de modo que pueden realizar la traslación a Asturies). La relación podría seguir, pero estimamos que es suficiente.
El IDEA, una institución franquista dirigida desde el principio por el representante del nacionalcatolicismo Sabino Álvarez Gendín, pone, cómo no, en práctica los principios de la nueva dictadura. Y así, al convocar concursos de narrativa, prohíbe el uso del asturiano y sólo por excepción permite su uso en los diálogos, cuando hablen los “marginales”. De la misma forma, quienes utilicen el asturiano en el teatro han de tener una censura adicional. Así, el 13 de mayo de 1946, aparece este anuncio en la prensa asturiana: “Se pone en conocimiento de las compañías profesionales y de aficionados que, por orden del ilustrísimo señor director general de Cinematografía y Teatro, de fecha del día 29 del pasado abril, las obras que han de ser representadas en lenguas vernáculas deberán someterse al visado de esta delegación provincial, requisito que ha de estimarse previo a los trámites generales ante la Dirección General”.
Toda esta actuación institucional tuvo su traducción en nuestra literatura (su práctica desaparición) y en la estimación sociológica de nuestra lengua, que, sobre venir siendo la de los marginales y la de los pobres (estigmatizada por ello), pasaba a ser también la lengua de los derrotados en las guerras civiles, acrecentándose, así, sus connotaciones sociales negativas.
En relación con ello, no se ha señalado, que yo sepa —y merece la pena hacerlo—, cómo un buen número de escritores en asturiano, de forma principal u ocasional, han formado parte del bando de los derrotados en nuestra segunda guerra civil. Por ejemplo, “Pachín de Melás” (el homenajeado este año en el Día de les Lletres) expira en 1938, en la cárcel del Coto, en Xixón; el republicano Rufino Alonso García escapa a Barcelona, donde muere en 1938;  al exilio emigran Emilio Palacios (autor de Llinguateres), Matías Conde (Sol en los pomares), Celso Amieva, María Josefa Alonso Álvarez, Rufino Alonso Álvarez, José Antonio Naves y Enrique Pérez Álvarez (éste ve fusilados a su padre y hermano en las tapias del cementerio de Villaviciosa en 1937); Jesús Arango Álvarez y Manuel García Pardo ven la cárcel y la depuración.
Como se ve, pues, el castellano no ha sido nunca lengua de imposición, ni lo es hoy, como nuestro Rey y nuestra Ministro han dicho. Porque todo lo antecitado no son más que una dulce confitura: delicias castellanas.

[1] Ver el artículo posterior (aquí mismo) “El castellano sí es una lengua de imposición”.
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