«La derrota de la Navarra oficial en 2012 es efecto de su descomposición»

florenGara, 21/12/2012

Concluye un 2012 que ha sido campo de intensa batalla ideológica sobre el pasado y el presente de Nafarroa. Floren Aoiz (Tafalla, 1966) presentó ayer un libro-ensayo en el que repasa la derrota del «navarroespañolismo», pero incide en la necesidad de mirar ya hacia adelante, a un futuro para el que constata que la Nafarroa oficial no tiene una oferta atractiva, y sí en cambio los aglutinados en torno a iniciativas como Nafarroa Bizirik. De paso, alerta sobre algunos riesgos que percibe en este tránsito.

Ramón SOLA  | IRUÑEA

El libro tiene dos partes. En la primera hace balance de lo que ha sido este 2012. ¿Una victoria por goleada, o más bien por incomparecencia, para quienes siempre han defendido que 1512 fue una conquista militar?

Sí, se ha producido una derrota clara de la Navarra foral y española en su intento de utilizar los aniversarios para fortalecer su discurso y su proyecto político. Cuando han visto lo que se les venía encima, han querido retirarse más o menos discretamente, pero hay que recordar que plantearon este 2012 como un pulso. Para comprobarlo, basta repasar libros y artículos de autores navarroespañolistas y los primeros textos de la comisión que crearon ex profeso.

¿No es sorprendente cómo el «stablishment» navarro ni siquiera ha defendido su tesis del pacto con España? ¿Por qué?

Hace ya tiempo que el relato de la Navarra siempre española que pacta una libre integración en la monarquía hispánica hace agua, hasta tal punto que la propia comisión conmemorativa, creada para celebrar lo sucedido en 1512, se ha visto obligada a utilizar el término «conquista». Esta crisis del relato histórico e identitario navarroespañolista es el fruto de la investigación, la divulgación y la activación social en torno a otras lecturas del pasado. Muchos agentes han hecho un trabajo muy importante en este terreno: historiadores o grupos como Nabarralde, por ejemplo, y Nafarroa Bizirik ha llevado este esfuerzo por escribir nuestra propia historia a un estadio superior, al plantear y ganar una batalla simbólica clave en torno a cómo recordar 1512.

¿Hasta qué punto ha condicionado este aniversario la situación actual, y en concreto la crisis económica y la constatación de que la dependencia de España tiene efectos muy perjudiciales para Nafarroa?

La derrota de la Navarra oficial en esta batalla de los aniversarios es efecto de la descomposición interna de ese espacio, de la debacle del modelo económico español y de la caída del gran mecanismo de generación de adhesión al «navarroespañolismo del bienestar». Y creo que ha sido también muy importante el nuevo escenario político en Euskal Herria. El navarroespañolismo no ha sido capaz de resituarse, y por eso ha querido criminalizar el movimiento popular y ha pedido ayuda en el Senado español aduciendo que el debate en torno a estos aniversarios era ni más ni menos que una cuestión de Estado. La batalla en torno a la memoria ha tenido este efecto porque ha servido de expresión de un desencanto y una crisis que tiene su anclaje en el presente y que no puede entenderse sin prestar atención a la incapacidad del navarroespañolismo para generar expectativas atractivas hacia el futuro.

Entre medio, algún episodio algo esperpéntico, como el de Yolanda Barcina en La Carolina…

Sí, esto también es muy significativo. Aquí han escondido el relato de las Navas de Tolosa con la españolísima Navarra luchando contra los moros, pero en Jaén sacaban pecho. UPN es la primera fuerza política en Navarra, pero se ve obligada a encubrir partes importantes de su discurso, porque es consciente del rechazo que provoca.

¿Está todo ese «búnker» navarro en descomposición? ¿Qué opinión tiene, por ejemplo, del extraño caso de José Antonio Asiáin y Santiago Cervera?

En el libro, como el título sugiere, he querido ir más allá de los aniversarios y la memoria, para reflexionar sobre esta crisis de la hegemonía navarroespañolista. Y es claro que hay una tendencia a la descomposición, con navajazos cada vez más frecuentes y violentos. Han gestionado Navarra como un cortijo. Hay una tesis de Ricardo Feliú, de la que me hago eco en el libro, que ofrece una imagen estremecedora de la concentración del poder en Navarra en poco más de un centenar de personas. De los datos que recoge, llama la atención la simbiosis entre el poder económico, las instituciones navarras, las empresas públicas, las cajas de ahorro… Podemos hablar de una trama navarroespañola, un chiringuito en el que predominan el amiguismo, la corrupción, los chanchullos, los conchabeos entre direcciones de partidos, ciertos medios de comunicación, los sindicatos españolistas, la patronal…Creo que hay que ver el asunto Cervera-Asiain como un episodio de una crisis muy profunda. Hay mucha basura oculta y ante el riesgo de que aflore se activan procedimientos muy macarras. Lo estamos viendo.

Todo el movimiento creado en torno a Nafarroa Bizirik, ¿tiene futuro? ¿Y en qué dirección?

Nafarroa Bizirik ha logrado expresar y coordinar una pluralidad de esfuerzos, dándoles una visibilidad que no tenían. Además, ha contribuido a dar a la batalla de la memoria histórica un aire más fresco y popular. Es un salto cualitativo y creo que es el camino, aunque también pienso que debemos ser conscientes de que durante 2012, por diversas razones, la Historia ha tenido un protagonismo en la agenda política y social que ni puede ni, en mi punto de vista, debe tener siempre.

En torno a este 2012 ha emergido un bloque social que puede ser mayoritario, pero ¿le une solo la lectura del pasado? ¿Cómo lograr que confluya también en la visión del futuro?

La viabilidad de ese bloque social heterogéneo y su esfuerzo por construír una hegemonía popular y democrática que derribe la del navarroespañolismo depende de su capacidad para responder a los desafíos del presente e ilusionar a cada vez más gente en torno a un proyecto de trasformación para el futuro. Una interpretación compartida del pasado es muy importante, pero no es la clave. Es más, convertirla en la clave principal es un grave error, que nos distrae del desafío más importante, que es generar adhesiones en torno a un proyecto concreto mirando al futuro.

En el libro se muestra muy crítico con el intento de abrir un debate sobre la denominación del país: Euskal Herria, Nafarroa, Nabarra… ¿Qué riesgo observa en ello?

Creo, y lo digo con respeto pero también con rotundidad, que hay quien se ha pasado de frenada. ¡Se ha escrito que si no llamamos a nuestro país Navarra somos colaboracionistas de los estados español y francés! También que Euskal Herria es solo una comunidad cultural… Y todo esto se presenta como si fueran verdades reveladas, dictados de la Historia que no pueden discutirse. Y yo con eso no estoy de acuerdo. Me parece, por supuesto, legítimo defender que lo mejor sería llamar al país de un modo u otro, o dar a la experiencia histórica del reino navarro determinado protagonismo en el relato histórico, pero hay quien ha convertido esto en el monotema y eso no lo comparto. Además, por muy importantes que nos lleguemos a creer los que escribimos libros o investigamos sobre la Historia, es nuestro pueblo quien debe decidir cómo se quiere llamar o cómo quiere denominar su proyecto de liberación y construcción de un nuevo Estado. Lo cierto es que el concepto/modelo Euskal Herria ha logrado un consenso social y político, que está creciendo y que era impensable hace unas décadas. Yo no tengo la menor intención de sabotear ese consenso, desde luego.

El libro incide en algo que es obvio pero que conviene recordar: en el fondo, la pelea es por la hegemonía. 500 años después de la conquista y 30 después del Amejoramiento, ¿cree realmente que estamos cerca de un punto de inflexión por fin? ¿Las próximas elecciones pueden reflejarlo?

Estamos en medio de una batalla muy intensa en torno a la hegemonía, pero no hay que confundir esta cuestión, que es de fondo y tiene que ver con un choque de modelos, con las pugnas más inmediatas, como las electorales. Un cambio de mayorías, incluso un cambio de gobierno, puede ser o no un elemento clave en la construcción de una nueva hegemonía. Para que lo sea, hay que ir más allá de los cambios superficiales y abrir el camino a un escenario de juego verdaderamente democrático, poniendo coto al búnker navarroespañolista e impidiendo que siga haciendo lo que quiera con Nafarroa. En mi opinión, para avanzar en esa dirección la pata electoral-institucional es decisiva, pero 2012 nos recuerda una vieja lección: de poco serviría sin la activación de la sociedad y la implicación de los movimientos populares.

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