Fernández Conde: «La Monarquía asturiana perfecta y bien entramada es un mito»

El catedrático de Historia Medieval habla sobre la conformación del Reino de Asturias y sus posibles interpretaciones

«La evolución de la Monarquía asturiana es más compleja de lo que suele apuntarse, y para entenderla se tienen que ver las fuerzas locales que estaban detrás. Si partimos de la base de una sociedad asturiana muy fragmentada que tiene jefes con bastante poder, se puede entender con bastante coherencia la evolución política de la Monarquía», afirma Javier Fernández Conde. En su opinión, la «Monarquía asturiana perfecta, bien entramada como ahora se entiende, es un mito». El catedrático de Historia Medieval habló sobre «La Monarquía asturiana: problemas pendientes y posibles perspectivas de interpretación» en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, dentro del ciclo de conferencias sobre celebraciones de 2008.

Al inicio de la charla, Fernández Conde dejó constancia de las dificultades para acceder al estudio de la Monarquía asturiana, como la escasez de fuentes, las interpolaciones y falsificaciones en los documentos y el carácter de las crónicas asturianas, que, a su juicio, «son una pieza básica para entender la historia de la Monarquía, pero a nadie se le oculta que estas crónicas están profundamente ideologizadas y escritas en un contexto bien distinto de aquél en el que ocurrieron los hechos».

«Asturias tiene territorios muy bien definidos», dijo el historiador. «Creo que una sociedad segmentada como es la asturiana, dividida y enmarcada en estos territorios, tuvo que dar grupos sociales muy circunscritos a éstos y con jefes locales», prosiguió. Este hecho es esencial, aunque no se puede caer en el determinismo geográfico, porque, a su entender, «la geografía no lo determina absolutamente todo, pero sí que condiciona muchísimo». Durante la charla, Fernández Conde dio ejemplos de construcciones antiguas, como monumentos megalíticos o castros prerromanos, para demostrar que la sociedad asturiana no estaba conformada de manera horizontal, sino fragmentada y jerarquizada.

Posteriormente, el historiador señaló que de los siglos IV al VI hay personajes vinculados a un territorio, jefes que fueron reconocidos como tales ante la sociedad romana, y señaló ejemplos como la villa de Veranes o el castillo de Gauzón, en el que las excavaciones hechas recientemente «datan una existencia muy anterior a la época de la invasión musulmana», apuntó el experto. Otro centro de poder al que aludió Fernández Conde fue Cangas de Onís, donde «había un pueblo prerromano que escribe sus dedicatorias a los muertos en latín, pero que deja traslucir una cultura antigua no influida por los romanos». Igualmente, Fernández Conde afirmó que en Covadonga hay una serie de elementos muy concretos en los que «aparece con claridad que había un tipo de ambiente precristiano; no resultaría extraño que aquello fuera previamente un santuario pagano».

Para el catedrático de Historia, «entra dentro de lo posible» la explicación de que Pelayo fuese un jefe cántabro-astur y que tuviese su centro de poder en la zona próxima a Cangas de Onís. «Sólo así se explica que Pelayo llegue tranquilamente a Covadonga y le elijan como príncipe, no como rey, porque en las crónicas no se dice que fuese designado como tal», subrayó el historiador. En esta misma perspectiva, apuntó que posiblemente el rey Silo hubiese sido un jefe local de mucho poder en Pravia, «un magnate, tal vez, de origen gallego y que quizá se asentó en la capital de los pésicos», apuntó el experto.

Las alianzas

Para Fernández Conde, la teoría de un poder político que nace de la alianza de jefes locales, primero de una manera modesta, en Cangas de Onís, y luego un poco más fuerte, en Pravia y finalmente en Oviedo, es patente a la muerte de Alfonso II, cuando Ramiro I y Nepociano -su verdadero sucesor, según la crónica albeldense- se enfrentan en el puente del Narcea, posiblemente en Cornellana. «Ahí tenemos dos grupos grandes de poder, gallegos y pésicos, que apoyarían a Ramiro I, y por otro lado, Nepociano, que estaría apoyado por astures, vascones y tal vez cántabros», resumió el historiador.

Para finalizar, Fernández Conde expuso que la evolución de la Monarquía asturiana estuvo enmarcada y configurada por las luchas, alianzas y pactos de pueblos muy bien organizados. Por esta razón defiende que «las jefaturas locales creaban poderes locales y que esa Monarquía asturiana maravillosa, perfecta y bien entramada que va sucediéndose de rey a rey, como ahora se entiende, es un mito», concluyó Fernández.

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