La desilusión de Arboleya

desilusion-arboleyaLa Nueva España (15-04-2015)

Ernesto Burgos

Ya saben que me gusta recordar de vez en cuando a algunos personajes para que no se pierda su memoria, por eso vuelvo a hablarles de Maximiliano Arboleya, el cura asturiano que quiso acercar a la Iglesia católica hasta el mundo obrero cuando los sindicatos socialistas y anarquistas estaban en plena expansión. Lógicamente perdió aquella batalla, pero acabó sus días convencido de que la culpa del fracaso había sido de sus propios compañeros de credo que vivían cómodamente subvencionados por los poderosos mientras los trabajadores se iban alejando poco a poco de un cristianismo que la patronal manejaba a su antojo.

Arboleya nació en Pola de Laviana en 1870 y tras pasar por el seminario de Oviedo pudo concluir gracias a una beca sus estudios de doctorado en Roma cuando se estaba impulsando la doctrina social expuesta por el Papa León XIII en su encíclica Rerum Novarum.

Le apasionó aquella idea que defendía la creación de organizaciones sindicales industriales y agrícolas de carácter católico y viajó para conocer las que empezaban a funcionar en algunos lugares de Europa. Con la experiencia adquirida quiso reproducir en nuestra tierra lo que había visto y dedicó su vida a la organización de un sindicato donde los obreros cristianos pudiesen luchar por sus derechos sin tener que recurrir a los postulados de la izquierda atea.

Yo no sé si ustedes piensan lo mismo que yo, pero creo que la biografía de Arboleya tiene muchos puntos en común con la de Manuel Llaneza, quien al ser despedido tras la “Huelgona” de 1906 también se preocupó de conocer en su exilio el sindicalismo francés que luego le sirvió para la fundación del Sindicato de Obreros Mineros de Asturias.

De vuelta a casa, el sacerdote lavianés fue profesor del mismo seminario en el que había pasado su juventud y tanto desde el aula como en los artículos de prensa que publicó en Justicia Social, Asturias Agraria, El Zurriago Social y sobre todo El Carbayón, defendió sus posiciones frente a los socialistas, polemizó con los profesores laicos de la Extensión Universitaria y denunció la actitud de los sectores integristas de la propia Iglesia.

Eran demasiados enemigos para un solo hombre, aunque el verdadero peligro lo constituyeron los últimos, representados por los hombres del marqués de Comillas y la todopoderosa Compañía de Jesús.

Arboleya estuvo en 1901 en el poblado de Bustiello invitado por la Sociedad Hullera Española para impartir un ciclo de conferencias a sus habitantes, pero en cuanto le oyeron defender un modelo de sindicalismo sin interferencias de los patronos no le dejaron volver a intervenir y la actividad se cerró con una sola charla. En 1912, ya con el SOMA de Llaneza en plena expansión, volvieron a llamarlo para que organizase su sindicato católico, pero al ver que seguía en sus trece y los estatutos que redactó volvían a incidir en la autonomía obrera, se le apartó definitivamente de aquel proyecto.

Mucho más tarde, en octubre de 1944, habiendo vivido una revolución y una guerra en la que se había regado con sangre la fractura definitiva entre el mundo obrero y la Iglesia, Maximiliano Arboleya publicó su Técnica del apostolado popular, que subtituló con una frase significativa y dramática: “Ante la apostasía de las masas”.

Este libro es uno de los más interesantes de su amplia producción y en él contó como había transcurrido una de sus primeras conversaciones con los hombres del marqués de Comillas. Fue en su primera visita, a principios de 1901, cuando el capellán de la Hullera Española y el Arcipreste del distrito le preguntaron qué se podía intentar en la cuenca de Aller para impedir que cayese sobre aquel tranquilo y religioso valle el socialismo que ya empezaba a difundirse por otros centros industriales de la región.

Su respuesta a esta consulta fue esta: “creo que tres cosas son necesarias, todas ellas relativamente fáciles hoy, acaso no tanto andando el tiempo: algunas conferencias explicativas de la doctrina social católica, organizar a los mineros en un buen sindicato para que se sientan fuertes y satisfechos y no necesiten acogerse a los sindicatos socialistas y un periodiquito que mantenga encendida la lámpara de la buena doctrina y deshaga con la conveniente oportunidad los indicados sofismas que han de pulular como la avispas entre la fruta sazonada”.

Según él, se siguieron los tres consejos, pero mal, ya que las conferencias se trocaron en sermones en los que se exponía la doctrina referente a la resignación cristiana ante los infortunios inevitables; el sindicato se tradujo en una asociación de mineros patrocinada por la empresa, domiciliada en un edificio propiedad de la empresa, y cuyos fondos también se depositaban en la Caja de la empresa donde producían un crecido interés y el periodiquito se convirtió en una inocente Semana religiosa que la empresa imprimía en sus instalaciones de Barcelona.

Lo más grave fue que cuarenta y tres años más tarde, Arboleya ya pudo saber con certeza que el sindicato católico se había convertido en un desprestigiado sindicato amarillo al servicio del capitalismo, la resignación seguía siendo el único remedio que proponía la Religión ante la “miseria inmerecida” en que vivían los trabajadores y, en vez de prensa crítica, a los obreros de la Sociedad Hullera Española solo les dejaban leer unos modestos boletines parroquiales editados y repartidos por sus patronos.

Nuestro hombre perteneció a un grupo de pioneros que precedió a aquellos que más tarde serían conocidos como “curas obreros” y de los que tan buenos ejemplos tuvimos en la Cuenca del Nalón. En algunos capítulos de la Técnica del apostolado popular se lee su admiración por el padre redentorista Paul Rutten, nacido en los Países Bajos en 1889, que sin colgar los hábitos trabajó como picador en una mina de las cercanías de Lieja, y también por el lenense José Domingo Gafo, quien ya ha visitado estas Historias Heterodoxas en otras ocasiones.

El padre Gafo fue otro defensor del obrerismo católico que murió al poco de iniciarse la guerra civil. A mediados de agosto de 1936 estuvo detenido en la Dirección General de Seguridad, desde allí lo trasladaron a la cárcel Modelo y el día 3 de octubre se decretó su libertad para matarlo cuando apenas se había alejado unos metros de la entrada de la prisión. El episodio, que no parece dar lugar a muchas interpretaciones, suscitó sin embargo un extraño comentario de Arboleya sobre la identidad de los asesinos: “el inolvidable y tan olvidado Padre Gafo, aquel insigne místico y mártir del apostolado popular, asesinado por los enemigos de este y no por lo obreros como pretenden los conocidos demófobos?”

Maximiliano Arboleya siempre tuvo una visión clara de la distancia que mediaba entre la Iglesia y los trabajadores y sufrió al verla agrandarse por la ceguera de sus dirigentes. En su libro cita un buen ejemplo de esa desilusión engañosa. Fue durante la celebración de un “Vía Crucis” por las calles de un pueblo cuyo nombre no aclara, pero que puede ser cualquier capital de concejo de la Montaña Central. Durante el desfile, varios jóvenes llegados de otros lugares conducían penosamente una gigantesca imagen del Señor crucificado mientras otro se encargaba de dirigir las pláticas en cada estación.

Como el cura no había podido estar presente se interesó por los detalles de la procesión y obtuvo esta respuesta: “fue enorme ¡Cortaba la respiración aquel silencio tan impresionante!”. Conociendo la zona, les preguntó extrañado si había muchos fieles del barrio y ellos respondieron que solo niños y mujeres, pero hombres y muchachos ni uno.

-Pero ¿de verdad no había ni un hombre ni un mal jovenzuelo, que a lo menos intentara deslucir el acto?

-¡Ya se librarían muy mucho! Llevábamos varias parejas de la Guardia Civil dando escolta al Santo Crucifijo?

Maximiliano Arboleya era consciente de que estos hechos, que se repetían continuamente, no hacían más que abrir una brecha entre los mineros asturianos que no iba a cerrarse nunca y así lo expuso tanto durante la Dictadura de Primo de Rivera como con la República. En ambos periodos pudo defender libremente sus opiniones e incluso llegó a dar conferencias en los centros obreros y ateneos controlados por socialistas y comunistas, pero paradójicamente fue el Estado nacional-católico quien le puso freno.

Cuando acabó la guerra, el polémico comandante Caballero, cuya desgraciada memoria aún es motivo de discusión en Oviedo, le abrió un expediente por haber expresado en la prensa y la radio opiniones peligrosas; gracias a sus compañeros del Tribunal Eclesiástico se pudo cerrar el caso, pero fue obligado para siempre a la discreción.

Murió, en 1951, en Meres, un tranquilo lugar del Concejo de Siero, alejado de los despachos del Obispado donde otras sotanas más poderosas señalaban la doctrina que debían recibir los fieles. El resto ya lo conocen ustedes.

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