Alfonso Enríquez, el noble que hartó al Rey de Castilla

Alfonso EnriquezEl Comercio (21-10-2015)

La oposicion del que fuera conde de Noreña e hijo ilegítimo del primer rey de Trastámara motivó que la Corona constituyese el Principado de Asturias

Alfonso Enríquez de Castilla fue conde de Noreña como parte de la herencia astur que recibió de su padre Enrique II de Castilla, apodado ‘el Fratricida’. Corría la segunda mitad del siglo XIV y, mientras parte de Europa luchaba en la Guerra de los 100 Años, Enríquez lo hacía por ver crecer sus dominios, que por entonces ocupaban gran parte del norte de la Península. Aún así, su relevancia histórica no ha sido del todo trascendente. De cambiar esto, es decir, de colaborar a que los conocimientos de los teóricos sobre Alfonso Enríquez se trasladen a la sociedad se encargaron ayer el licenciado en Historia y Geografía por la Universidad de Oviedo Faustino Zapico y el filólogo David Guardado, en la primera conferencia del nuevo curso organizada por Ástura en el Ateneo Obrero de Gijón.

«La historia la escriben los vencedores», recordó Guardado durante su intervención, titulada ‘El tiempo de Alfonso Enríquez. Una revisión contextualizada de un momento decisivo en la historia bajomedieval asturiana’. Explicó a los presentes que la vida del noble siempre ha estado plagada de leyendas urbanas y no siempre de probada veracidad. «Dentro de la historia del Reino de Castilla, la visión que se ha dado de Enríquez ha estado envuelta en la intriga. Se le ha considerado acomplejado, traidor y desleal, pero tenemos que ver quién era quién por entonces. El desconocimiento llega al punto de decir que fue conde de Gijón porque fue aquí donde tuvo la resistencia final», defiende su estudioso. «Él pretendía afianzar su poder dentro del territorio asturiano que poseía, que era casi las tres quintas partes del actual, cuestionando el poder real de Castilla», explicó Guardado. Para conseguirlo se alió con portugueses e ingleses, lo que le valió el adjetivo de traidor rubricado por el entonces cronista real, Pedro López de Ayala, y que fuera del territorio se le considerase conde de Asturias. «La relevancia de sus actos llegó al punto de que la Corona castellana quisiera tener un control directo sobre los territorios, materializado en la constitución del Principado de Asturias a finales del siglo XIV», explicaron.

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