Una deformación histórica de la obra de Pompeu Fabra

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VALLVERDÚ, Francesc, Ensayos sobre bilingüismo, Ariel, Barcelona, 1972, pp. 114-119.

 

«La sociedad catalana a lo largo del siglo XIX contempló un cambio de comportamiento decisivo en sus clases dirigentes, en cuanto al uso de la lengua autóctona. En efecto, sí a finales del siglo XXVIII y a principios del siglo XIX la burguesía comercial, primero, y la industrial, después, adoptó el castellano como lengua de cultura (…) no hacía más que responder a una nueva situación creada por la expansión económica de Cataluña: asegurar su penetración –y hegemonía- en el mercado español. Sin embargo, como es sabido, este intento se vería pronto frustrado por la negativa de la aristocracia terrateniente peninsular a aceptar el compromiso que la burguesía catalana –con la vasca- le ofrecía. Con su frustración política, las clases dirigentes catalanas se retrajeron para potenciar los recursos autóctonos, procurando dar una nueva cohesión a nuestra sociedad. Entonces se “recatalanizaron”, aprovechándose de que el romanticismo había propiciado coetáneamente un resurgimiento literario –muy cargado de folklorismo, en ciertos aspectos- que se conoce por la Renaixença(…).

 

La situación era muy distinta en las clases populares (payeses, obreros, menestrales), en donde había una situación predominantemente unilingüe: para ellos el catalán era su única lengua, y los que no ignoraban el castellano –que eran los menos- apenas sabían habarlo. Si a mediados del siglo XIX, con la creciente castellanización oficial, las clases populares empezaron a utilizar el castellano en sus escritos (periódicos, panfletos, etc.), esto no prueba aquí la existencia de una verdadera situación de diglosia. Hay que tener en cuenta, desde luego, el elevado porcentaje de analfabetos, lo que impedía a estos escritos una difusión “popular”: de hecho se dirigían principalmente a núcleos “ilustrados” del proletariado y de la pequeña burguesía, en los que la diglosia estaba muy circunscrita (…).

 

Las clases dirigentes “recuperaron” el catalán e iniciaron un proceso denormalización lingüística, que les llevaría a abandonar la situación de diglosia. Para este grupo puede hablarse, en efecto, de “restauración”, puesto que hay restauración cuando se rehabilita una lengua “baja” y se la emplea a un nivel cultural al que voluntariamente habían renunciado. En cambio, las clases populares no hicieron más que reafirmar sus posiciones ya tomadas: no “recuperaron” nada, pues nada habían abandonado (…).

 

Una cosa es reconocer el papel decisivo jugado por la burguesía en el florecimiento cultural que significó la Renaixença, y otra muy distinta es tragarnos el engaño de la “resurrección” de la lengua catalana (…) pretendiendo con ello dar un sentido “social” a su reincorporación, por interés particular de clase, al medio cultural autóctono. Sólo así se está en condiciones de combatir las tesis reaccionarias que se han segregado desde Unamuno, para quien la obra fabriana habría desembocado en una pretendida “lengua de laboratorio”. Sólo así, finalmente, se hará justicia al verdadero protagonista del “milagro” de la recuperación del catalán: el pueblo».

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